Bienvenidos a bordo

y gracias por acompañarme en este largo viaje sin retorno que es el de la maternidad. Me río yo de las peripecias de Ulises y de la paciencia de Penélope. Me río de los 12 trabajos de Hércules... ser madre sí es toda una aventura, a veces desesperante, casi siempre agotadora... pero siempre, siempre, siempre ¡tan gratificante! ¿queréis compartirla con mi familia?

domingo, 28 de octubre de 2018

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

Ya sabéis que soy muy fan de esa retorcida pero sin embargo interesantísima frase de ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez? la respuesta no debería implicar nunca mucho tiempo, bastantes rutinas tenemos ya en nuestras vidas como para no lanzarnos de vez en cuando a probar cosas nuevas.

Hago trampas escribiendo esto justo hoy, supongo, porque ahora mismo mi respuesta es "ayer". Con motivo del primer aniversario del club de las diviñas de la siempre dinámica y sorprendente Eugenia Blanco, anoche mismo me enfrenté por primera vez en mi vida (que no me oigan las diviñas) a una cata de vinos de verdad. En serio, cuando me vi con la hoja de cata delante y todas esas palabras que se suponía que debía aplicar a los vinos que íbamos a probar tuve un bloqueo mental similar al temido síndrome del folio en blanco. También tuvimos folio en blanco, por cierto. Cortesía esta vez de Belén Soria, que tuvo a bien sortear entre nosotras un informe de grafología, para lo que tuvimos que escribir unas líneas sobre el vino. Ahí no hubo síndrome, solo un vago ¿sólo un folio? no me cabe todo lo que quiero contar... pero me moderé. Demasiado pronto para empezar a desvariar, ni siquiera habíamos probado el primer caldo, un párrafo sería suficiente.

No, no era una cena normal, ni un aniversario normal, ni una cata normal. Con las diviñas el concepto de normalidad adquiere tintes difusos, como a mí me gusta.  Con deciros que acabé con un micro en la mano (muy valiente Eugenia dejando semejantes instrumentos en mis manos) Hubo un par de sorteos más durante la noche. Uno de algunos ejemplares de mi libro "El pijama mágico" (os recuerdo que la segunda parte está ya en el horno, por ahora sin fecha de publicación pero haciéndose a fuego lento) y otro de un ejemplar de "Un jardín entre viñedos", de Carmen Santos. No tuve la suerte de que me tocara pero ya sabía que no iba a irme de esa cena sin un ejemplar entre mis manos (vinos, París, Zaragoza, Cariñena... ¿cabía alguna duda de que se venía conmigo? ya lo he empezado, claro). Ya que la autora tuvo la amabilidad de acompañarnos durante la cena, tuve el gran honor no sólo de conocerla y que me firmara su novela, también (cosas del caprichoso destino) de que ella fuera una de las agraciadas en el sorteo de mi libro.



La foto del café y la agenda pertenece a otro momento del mismo día, aunque esa es otra historia.

Pero hablaba yo de mis notas de cata (no, no he venido aquí a hablar de mi libro, como aquél que todos recordamos). Superado el primer instante de pánico en plan "pero si no yo no sé nada de vinos, ¿cómo voy a rellenar esto?", entró en acción por fin la parte racional del cerebro que todos tenemos (sí, todos, algunos más escondida que otros pero todos) y recordé que yo estaba allí para divertirme, que para disfrutar del vino no hace falta saber muchísimo sobre él, pero siempre es bueno aprender cosas (sobre vino o sobre lo que sea, aprender siempre, siempre, siempre, es bueno) y que oye, alguna vez tenía que ser la primera y qué mejor ocasión que en tan buena compañía.  Fue divertido. Seguro que no acerté demasiado,  y confieso que me guardé celosamente la hoja para preguntarle al experto de la familia por esos términos que no tenía demasiado claros, pero me resultó más fácil de lo que pensaba. A veces le tenemos miedo a ciertas cosas solo porque no las hemos hecho nunca. O porque pensamos que todos los demás lo van a saber hacer mejor que nosotros. Ninguna de esas razones es excusa para no intentarlo.


No lo olvidéis, la respuesta a la pregunta del título nunca debería ser más de unos meses. Piensa en eso que siempre has querido hacer y nunca te has decidido. ¿Te lo propones de aquí a fin de año? No dejes de contármelo en los comentarios.

domingo, 14 de octubre de 2018

Sobre Maslow, el ego y el desapego


Hacía ya tiempo que no escribía nada por aquí, demasiado. Me recuerda a otra época de mi vida en la que también el trabajo me apartó de mi afición. Como entonces, ahora tengo la cabeza llena de cosas que no deberían estar ahí y que no me dejan dedicar tiempo a lo que me gusta.

Hace poco, comentando con alguien mi relativo malestar en el trabajo y esto del dichoso Maslow y su pirámide, que hace que no estemos nunca contentos con lo que tenemos, me contestó, muy segura de lo que decía: “pero eso es ego” Y de repente algo hizo clic en mi cabeza y, aun sin tener muy claro cómo ni por qué, me di cuenta de que sí, era un problema de ego que debería investigar. En paralelo, me llegó una imagen interesante sobre el desapego y sonó otro clic en mi cabeza. Así que aquí ando, entre Maslow, mi ego y un intento de desapego, tratando de encontrar la manera de estar a gusto con lo que tengo en vez de andar buscando siempre otra cosa. ¿Lo conseguiré? Pues no lo sé, conociéndome seguro que no, a mí lo de quedarme en una zona de confort siempre me ha parecido extremadamente aburrido así que supongo que en cuanto tenga oportunidad de reinventarme de nuevo, lo haré y dejaré atrás otra etapa para emprender la siguiente. Pero entretanto, algo tendré que hacer para sentirme de nuevo a gusto en la piel que me ha tocado llevar esta vez.
Investigando sobre el ego, he aprendido algunas cosas. Todos tenemos un fondo, o yo esencial, pero también una construcción mental de quiénes somos, una autoimagen “fabricada” a base de nuestras experiencias y creencias. Todos necesitamos un ego, no es nada malo, pero podemos tratar de modelarlo de forma que nos permita vivir más a gusto con nosotros mismos.

Para lograrlo, el primer paso sería “desvestirnos” de ese ego. Álvaro López Morcillo, en su web, propone un par de ejercicios interesantes para conseguirlo. Si tienes interés en el tema, te invito a visitar el enlace. Él lo explica mucho más detalladamente que yo. A mí, en concreto, me ha gustado el ejercicio de las etiquetas. Sobre una foto tuya, ve pegando  (en papel removible preferentemente) etiquetas con todas las palabras que creas que te definen. ¿Te gusta el resultado? Si has sido sincer@, habrá cosas que sí y cosas que no, seguro. Pero ninguna de esas etiquetas forma parte de tu fondo. Puedes quitártelas y cambiarlas por otras sin cambiar tu esencia. ¿Puedes sustituir morena por rubia sin dejar de ser tú misma? ¿Alterarías tu fondo si en vez de profesora fueras pastelera? Ni siquiera tu profesión te define. Y lo más complicado de esto, para mí, es darte cuenta de que la verdadera esencia, quién eres en el fondo, no se puede entender de modo racional porque en el momento en que lo intentas, es tu ego el que la está interpretando. Así que supongo que no queda otra que ejercitar el descubrir lo que “no eres” para no dejar que una simple etiqueta (o dos, o tres, o cien), te defina. ¿Te animas a hacer el ejercicio? Yo me lo he propuesto como objetivo para esta semana que entra. Si lo haces, anímate a compartir tus reflexiones en comentarios. Será interesante.

Lo del desapego ya me temo que tendrá que venir en una segunda fase, pero también me parece importante.



Le damos demasiada importancia a cosas que no la tienen, incluso a personas que no la merecen. Supongo que hay que aprender a decirles adiós educadamente y sin rencores. Me parece dificilísimo, pero seguramente es porque todavía no he aprendido a desprenderme primero de mi ego. No, a desprenderme no, necesitamos el ego. A entenderlo mejor y modelarlo de forma que me ayude a vivir más a gusto, pero sin chocar con mi esencia, claro. ¡Qué complicado todo esto!


domingo, 25 de marzo de 2018

Tarta de fresas sin gluten, sin huevo y sin lácteos

Casi nada, ayer estábamos invitados a tomar café con la familia, lo que incluía dos celiacos y un intolerante al huevo y a la proteína de la leche. Yo tenía un montón de fresas así que me apeteció hacer una tarta pero anda que no había que tener en cuenta intolerancias. Peeeerooo, google lo sabe todo así que rebuscando por ahí encontré una receta en la que basarme aquí.

Os confieso que no tenía yo nada claro cómo iba a resultar la cosa, así tan sin nada, pero oye, que salió bastante buena (y el trozo que quedó y que nos hemos terminado hoy más rico aún, la masa gana con un día de reposo en el frigorífico) Así me quedó.



Como os digo, me basé en la receta de "El horno de Lucía" pero adaptándola un poco. Os cuento cómo la hice yo:

INGREDIENTES:

Un montón de fresas (a mí me gusta con mucha fruta y poco bizcocho pero al gusto)
90 gr. de panela
75 gr. de aceite de oliva virgen extra
300ml de zumo de naranja natural
1 plátano (que había leído por algún sitio que los veganos utilizan en repostería como sustituto del huevo)
 225 gr. de harina de arroz (certificada sin gluten, ojo a las trazas)

Y, en este caso, no añadí la levadura porque aunque sí es sin gluten, y por tanto apta para mi hija y el sobrino número 1, ponía que podía contener leche así que no me valía para el sobrino número 2. Me preocupaba un poco pero como en esta tarta el bizcocho básicamente sólo sirve de soporte a la fruta, tampoco me importaba si no subía.

La PREPARACIÓN es facilísima:

Se cortan en trocitos unas cuantas fresas y se ponen en la base del molde que vayamos a utilizar. Éstas quedarán integradas en el bizcocho pero guardad todavía unas cuantas para decorar por encima.

Para el bizcocho, yo eché primero el azúcar con el aceite, el plátano a trocitos y el zumo de naranja y batí bien todo junto, añadiendo la harina poco a poco hasta que quedó todo bien integrado. Se echa el batido por encima de las fresas del molde, cubriéndolas bien y ya sólo nos queda decorar con el resto de fresas, cortadas por la mitad y añadir, si queréis, más azúcar por encima.

Al horno hasta que esté hecho el bizcocho. Yo aquí ya soy como las abuelas, "lo que te pida el pastel", no sabría deciros cuánto tiempo lo tuve, con lo malo que me sabía a mí esto cuando empezaba a cocinar...

Cuando lo saqué del horno como no me gustó mucho el color pochete que tenía preparé en un cazo un poco de agua con azúcar y mermelada de frutos del bosque (dejar hervir un poco todo junto mezclando bien) y se lo eché por encima, que siempre parece que le da mejor colorcito y brillo.

Dejar enfriar ¡y listo! (y si la preparáis el día de antes más buena aún)

¡A disfrutarla!

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