Sin embargo lo de Halloween no me parece mala idea. Para los críos es algo realmente divertido y para los adultos también puede serlo. Hoy mismo me comentaba una compañera que es ella quien maquilla y disfraza a toda la panda de amigos de su hijo y después se disfraza también ella (o al menos se maquilla de forma más o menos terrorífica) para recibir con un buen susto a quien llama a su puerta (aparte por supuesto de con un buen surtido de chuches)

Dejando aparte el aspecto puramente lúdico de la celebración (de la que os invito a leer su historia), lo cierto es que no me ha gustado nunca "sacralizar" la muerte. Supongo que tiene que ver con mi falta de fe en cualquier religión, es posible, pero para mí la muerte es simplemente el final de un proceso, el de la vida. No concibo un más allá ni entiendo la costumbre de ir al cementerio. Tampoco reservar un día en el año para acordarse de los muertos. Todos mis lectores sabéis que mi pérdida más reciente fue la de mi abuela (que fue una auténtica madre para mí), hace poco más de un año y no creo que haya pasado un sólo día sin que algo me la haya recordado. Tampoco ella entendió nunca lo de subir al cementerio. Decía, y qué razón tenía, que las cosas se demuestran en vida, no a una lápida.
Me ha gustado en el diario ADN de hoy la columna de Espido Freire. Os invito a leerla, a mí me ha hecho reflexionar y me ha inspirado este post. ¡No olvidéis luego compartir vuestras reflexiones!