Al menos así es en el cole de Sofía, en el recreo de infantil, concretamente. Allí tienen dos toboganes, uno naranja, más pequeño, y el rojo, más grande y, por tanto, el preferido de todos los niños. Sofía nos contaba ayer que le gusta mucho el tobogán rojo pero que los chicos no les dejan subir a las chicas y que ella nunca puede subir...

Seguro que conocéis la sensación. Esa lucha interna entre el primer instinto (espera que pille yo a esos niños...) y la lógica (que noooooo, que tienen que aprender a moverse en sociedad, y el recreo es la primera escuela de relaciones humanas) Pero el caso es que la conversación me ha recordado esa famosa sentencia de Mae West sobre las chicas buenas y malas.
Mi hija es una chica buena. Ha salido a mí (eh, tú, que te veo, no te rías que es cierto, yo de pequeña siempre fui muy buenecita) Tiene el mismo genio que mamá pero, como hacía yo de chiquita, sólo lo saca en familia. Y la verdad, miedo me da, porque seamos francos; hoy en día las chicas buenas ya no van ni al cielo... No se trata tampoco de ser unas bordes resentidas, pero mi experiencia no deja lugar a dudas; desde luego empezó a irme mucho mejor en la vida cuando descubrí las bondades de ser una diablesa con piel de angelito.
Supongo que, como siempre, es cuestión de equilibrio. Yo tardé algo en encontrarlo. Para ser francos, tardé mucho, probablemente demasiado, en descubrir que era mucho más divertido, amén de más práctico, ser mala. Pero a ser mala también hay que aprender, supongo. Sobre todo a saber con quién serlo, y eso también me costó lo mío. No estoy muy orgullosa de algunas de las cosas que hice en aquél primer período de aprendizaje, pero supongo que eran necesarias para encontrar ese equilibrio que, ya sabéis, es la base de mi vida. Y al final aprendí (creo, aunque los aprendizajes no finalizan nunca, y quien crea lo contrario es que aún tiene mucho que aprender) y sí, es cierto, me ha ido mucho mejor en la vida aplicando esa pequeña chispa "diabólica".
Espero que Sofía no tarde tanto como yo en descubrir su lado de diablesa. Porque ya se sabe, hay cosas que nadie te puede enseñar, tienes que descubrir tú misma, y es más, el proceso de descubrimiento, de ésta y de tantas otras cosas importantes, es fundamental para el desarrollo de la personalidad de cada uno. Así que, sí, tengo que seguir luchando contra ese instinto animal de protección que supongo que tenemos superdesarrollado todas las madres y dejar que mi niña crezca y aprenda sóla, con todo lo que ello conlleva. (Hablamos por supuesto de situaciones cotidianas a las que cualquier niño tiene que enfrentarse, no de circunstancias de peligro real, esa es otra historia)
¿Y vosotr@s? contadme... ¿sois ángel o diablo?
